Nux fulguris

(xvi) El rapto


Vestido de noche, el pájaro-hoja golpeó con alas de carbón y hielo el rostro aterido de Mirisha; con el viento helado que produjo su vuelo estrechó el cuerpo inmóvil hasta que la princesa sintió polvo los huesos y de ella no quedo sino una sombra más en aquel jardín desolado.

Un instante antes de que el dolor la hiciera desfallecer, las ramas del árbol le parecieron -¡el infierno!- la oscura cabellera de una hermosa bruja que la miraba con ojos gélidos.

Tardo mas tiempo en caer del árbol que en ponerse de pie con un salto.

Supo que la oscuridad -al alcance de su mano- estaba viva y que se movía frente a ella.

Descubrirse instalada en una visión de ensueño le quito el aliento: tres bestias le rodeaban amenazantes, dispuestas a saltarle encima en cualquier momento; desde un punto desconocido, un pálido rayo de luna la señalaba.

(Si hubiera podido verse así misma, le hubiera matado al instante el brillo sobrenatural en sus ojos.)

Pero descubrir la esterilla donde estaba parada fue demasiado, al caer de rodillas sobre ella las tres bestias estrecharon su cerco. Mas no parecían tener la intención de atacar.

Era la misma esterilla del sueño incoherente. Los mismos extraños diseños que mostraban escenas -ahora podía verlo con claridad- en un bosque antiguo habitado por enormes y frondosos arboles donde se confundían toda clase de pájaros multicolores, mariposas que parecían flores, abejas, avispas. Un río atravesaba el bosque. Había, en los pequeños remansos que formaba, ranas, garzas, tortugas, peces; y en las aguas que corrían incesantes, peces voladores. Entre el intenso follaje verde, la gente jugaba, correteaba, reía, platicaba, cantaba o descansaba bajo las sombras en constante movimiento de los arboles, o chapoteaba en la orilla del río, o se bañaba desnuda. No había en sus rostros aflicciones ni temores. Mirisha se sintió transportada al descubrir, en medio de aquella complicada visión, remolinos de flores de todo tipo que invadían aquel bosque perdido, flores que vivían al pie de los arboles y en las orillas del río, que estaban en el cabello de la gente y en sus vestidos, que aparecían en sus platicas, en sus canciones y en sus risas. Eran flores de todos los colores y formas. Flores parecidas a estrellas caídas del cielo, campanas gigantes, doradas, plateadas, con dibujos y sin ellos, caracoles, sonajas, colas de pavoreal, mariposas encantadas, alas de pájaro, esmeraldas, frutas maduras, notas musicales, remolinos multicolores.

Un gruñido la reintegro a la oscuridad. Frente a ella estaban los tres pedazos de noche. Ya no eran más tres bestias enfermas, ahora eran tres hermosas furias con ojos de hielo que la miraban cruelmente.

Ahí parada, sobre la esterilla, a punto de ser arrebatada, la princesa parecía no tener salvación.

2 comentarios »

  1. aethra escribió:

    (Silencio)

    29 August 2003 a las 17:00

  2. Marian Sad escribió:

    !Qué bello, me ha recordado al mito griego de la privamera, del que hablabas el otro día! Primavera e Infierno…

    30 August 2003 a las 5:39

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