Nux fulguris

(iii de iv) Lula

Cuco le enseño a soplar debajo del sombrerito del hongo antes de comerlo, una pequeña nube de polvo pardo salía que hacia a Lula estornudar. El chiste, dijo la Lula de Agua, es aguantarse las ganas de estornudar y comer el hongo tratando de visualizar en la cabeza la cosa mas linda de este mundo, si a continuación, mientras el hongo, una vez comido, revienta en mil diminutos pedacitos dentro de nosotros, hacemos el intento de poner en blanco nuestra mente y no pensar en nada, pero deveras en nada, entonces cualquier cosa, si el hongo descubre que nada malo hay realmente dentro de nosotros, cualquier cosa, en verdad, puede suceder. Claro, todo depende, siguió explicando la Lula de Agua, que dentro de nosotros no haya nada malo, generalmente los comedores de hongo presumen con ser las personas mas limpias que jamás han existido pero es de sobra conocido que nunca ha sucedido nada de veras digno de ser contado después de que han comido el hongo.

Mientras todo eso contaban, Cuco y la Lula de Agua no paraban de reír y de hacer muecas. Daban la impresión, a Lula eso le pareció, de estar bromeando. Lula lo intento con tres hongos, pero después de superar esa increíble dificultad de pensar en la cosa mas linda de este mundo, no pudo, y deveras lo intento, poner la mente en blanco. Las risas de Cuco eran un obstáculo insuperable. Y por mas que la Lula de Agua le explico un sencillo truco para ‘pintar de blanco’ lo que en su cabeza había, todo fue inútil, nada pasaba después de comer los hongos. Entonces se aburrieron de todo el asunto y…

Ninguno se dio cuenta de que algo, alguien, los estaba observando. Lula le hacia gestos al polvillo que salía del hongo. Eso hacia reír a Cuco.

Una señora apareció. Cuco y la Lula de Agua corrieron aterrados. Corre Lula, dijeron. Pero Lula no se lo esperaba, no reaccionó a tiempo. Trataron de ayudarla, lo intentaron, pero ella, en su loca carrera, tropezó. Ya casi estaban en el río donde los tres se habían conocido. Aunque Lula no comprendía por que tenían que correr, por que estaban tan asustados. La señora era muy bonita, parecía un hada de los cuentos que Mama le solía contar. No parecía mala.

Ahora Lula estaba frente a la señora.

De alguna manera había corrido atrás de ellos. Aunque no parecía agitada. Suavemente, como si a un bebe le estuviera hablando, a un recién nacido, dijo:

Cálmate pequeña criatura escapada, cálmate y dime, ¿quienes eran ese par de chiquillos que corrieron como si a un horrible demonio hubieran visto?

Y mientras la señora hablaba Lula podía mirarse reflejada en sus brillantes y enormes ojos.

Junto a ella, en el reflejo, había un río. Y en el río, la Lula de Agua y Cuco se cansaban de gritar su nombre. Lula sabia que el río en los ojos de la señora era el río que a sus espaldas corría y sabia que Cuco y la Lula de Agua de verdad atrás de ella estaban gritando sin cesar preparados a huir si la señora intentaba seguirlos. Reflejos. Tenían que salvarla. Y si acaso los gritos llegaban a despertarla -ayudándola a darse cuenta de que estaba frente a una horrible bruja de dientes carcomidos con un disfraz de doncella buscando almas para su guaje embrujado- entonces a gritos -no podían hacer mas- iban a intentarlo. Te quieren salvar, le dijo la Lula reflejada en los ojos de la bruja. Pero no era una bruja. Cuco y la Lula de Agua se habían equivocado. Aunque la señora los asustara engañando con perseguirlos. Los había asustado y ahora habían desaparecido, seguro en esos momentos ya estaban demasiado lejos, allá donde el bosque comenzaba, donde el río nacía, seguro, eran unos cobardes. Ondino y espíritu del aire. Silfo y espíritu del agua. Eran unos cobardes. Te quieren salvar, dijo la Lula reflejada. Y Lula entonces se pregunto, un poco inquieta: pero, ¿de que me quieren salvar ese par de insensatos? Además…
        ¡Basta
      ya  
    de    
  reflejos      
parlantes!        

Esa voz. No puede ser mala, pensó Lula, deslumbrada por la belleza de la señora. Es un hada, un espíritu del bosque, viene a conocerme porque los hongos si funcionaron y esta señora es la cosa mas linda de este mundo, ahora me llevara entre sus brazos y murmurara en mis oídos una palabra sagrada.

Eran Cuco y… y… no se quienes era, contesto, por fin, Lula, sin poder casi hablar, boquiabierta, ocupada su cabeza en mil ideas todas disparatadas.

¿Y tu quién eres?

Reflejos    
  Reflejos  
    Reflejos

¿Qué?, pensó Lula. Todo el proceso mental en que se ocupaba de pronto se detuvo ante esa pregunta inofensiva ¡No sabe quien soy! Inmediatamente llego a su cabeza esa vieja historia que ella nunca quiso creer, una vez, hace ya mucho tiempo, alguien, un viajero desconocido, llego a su casa a pedir descanso. Mientras algo comía, antes de que todos se fueran a dormir, contó de cómo las hadas, en ciertos días (nefastos) del año, recorren las campiñas montadas en pequeños gusanos de luz y aprovechan el descuido de las gentes para robar a las criaturas casi recién nacidas que por aquí y por allá encuentran tras una ventana abierta, una pequeña luz escapando hacia el exterior. Su travesura, eso es lo que hacen, recuerda que el viajero precisaba: travesuras; su travesura queda completada cuando en el lugar de la pequeña criatura las hadas ponen silfos ¡Era una hada traviesa! ¡Y ocurría precisamente en el solsticio de estío! Ahora la raptarían. Esa señora le quitaría su alma y la metería en su guaje mágico ¡Estaba perdida! En el río, mientras estos dos mágicos personajes frente a frente estaban, la Lula de Agua, ahora una simple corriente azul, junto con Cuco, el pececito, nadaba dando vueltas en el reflejo de Lula. Era mediodía todavía y el reflejo era aun mas real que la Lula de carne y hueso inmóvil frente a la bruja. Pero allí, en el río, la bruja no tenia reflejo, y la Lula reflejada era ahora una inmóvil figura paralizada frente a Nada. La Corriente Azul y Cuco el pececito sabían que ese demonio, allá afuera, frente a Lula, iba a raptarle si ellos no hacían algo para impedirlo. Pero ambos tenían miedo. Creían que nadando -los gritos para nada servían- en el reflejo de Lula podían acaso tocarla -de alguna manera, de cualquier manera, le había dicho la Corriente Azul a Cuco- para ayudarle a superar esa nefasta estupefacción que su fin, irremediablemente, iba a provocar.

Lula se echo para atrás. Hubiera corrido pero tenia un pie lastimado. No podía dejar de ver los ojos de la señora. Era posible que ésta, hada o demonio, se le echara encima impidiéndole escapar. Sus grandes ojos, cálidos y espectaculares, además de esa luz intensísima que no le soltaba ni para respirar (Lula se ahogaba, es verdad), tenían esa peculiar imagen de otra Lula que gritaba: ¡te quieren salvar estúpida!, al mismo tiempo que le urgía: ¡corre Lula corre!, ¡echa a correr desesperadamente!, ¡corre!

Entonces Cuco salto fuera del río. El agua salpico a Lula y a la bruja. Fue cuestión de que Cuco saliera del río para que la bruja se le echara encima con una violencia inesperada. Y a punto de arrancarle la cabeza, la bruja, demasiado tarde, se dio cuenta de su error: ya la Corriente Azul arrastraba a Lula hacia el río donde, en medio del chapoteo, Cuco también había saltado.

3 comentarios »

  1. ruru escribió:

    hola amiguito.. besitos

    11 November 2003 a las 7:03

  2. damonmx escribió:

    ya espero la cuarta parte

    que valiente se vio cuco 0_o

    13 November 2003 a las 21:16

  3. Ali Landry escribió:

    hello !

    9 September 2004 a las 4:48

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