Lula ni siquiera se detuvo a pensarlo. Y antes de que Cuco arrebatara a la Lula de Agua la palabra para seguir describiendo lo bien que Lula se lo pasaría si se decidía a seguirlos, Lula dijo: ¡vamos!
Cuco y la Lula de Agua debieron hacer grandes esfuerzos para ocultar la algarabía que dentro de ellos se había desatado. Estaban casi logrando su propósito. Aunque, es justo precisar ya, en este momento, que nadie en este mundo -si, en este, donde Lula puede hablar con su reflejo como si de comer higos se tratara todo-, nadie, de verdad, sabia que demonios iban a hacer esas dos criaturitas del bosque con la pobre Lula.
Sucede entonces que Cuco y la Lula de Agua se arrojaron al mismo tiempo al río y desde ahí gritaron: ¡Ven, síguenos! Pero Lula no se movió. Mirándolos fascinada se dio cuenta de que había olvidado decirles, yo no se nadar. Lo hubiera dicho pero ellos tampoco dijeron que por el río, nadando, se iban a ir. Lula creyó que echarían a caminar metiéndose al bosque.
(La superficie del río en constante movimiento donde Cuco y la Lula de Agua habían desaparecido dejaba ver, en el fondo lleno de pequeñas piedrecillas y algas de colores, pececitos fugaces como estrellas inalcanzables.)
Por otro lado, una voz en su interior le decía que no importaba en realidad. Que si no sabia nadar ellos le ayudarían a aprender allí mismo (¿no le había arrastrado la Corriente Azul hacia el río donde se hundió hasta el fondo sin ahogarse para escapar de la bruja-hada-de-los-cuentos-fugaces?). Exacto. Eran criaturas mágicas ¿que no? Así que nada debía preocuparle ¡Échate!, le decía la vocecita, ¡échate, ándale!, ¡échate!
A punto estaba de arrojarse al agua cuando pudo ver su reflejo en la superficie del río (y esa imagen reflejada si era ella misma) cuyo movimiento era cada vez mas fuerte; parecía que nuevamente, como en un principio, su propio reflejo iba a comenzar a hablar tratando de salir de aquella húmeda prisión. Olvidó por un momento a Cuco y a la Lula de Agua. Entonces su reflejo dijo: no te vayas, no me dejes, me voy a quedar sola. No te vayas. Lula no podía hablar, todo lo que podía hacer era quedarse allí, mirando estupefacta lo que le pasaba sin poder creer nada de lo que sucedía pero aceptando todo, al mismo tiempo, sin otra alternativa a su alcance.
Si te vas, siguió su reflejo, nadie entonces platicara conmigo. Nadie va a estar aquí. Ni siquiera yo. No te vayas. No me dejes.
Y la voz en el río era tan real.
Ellos te están engañando. Me engañaron a mi para salir a engañarte a ti. Son dos mentirosos espíritus del bosque que te están engañando para robarte el alma. La quieren enterrar debajo de un árbol. No te vayas.
Era demasiado. Lula no resistía escuchar esa plañidera voz. Quiso decirle que se callara. ¡Cállate!, ¡cállate!, quiso ser capaz de decir, ¡cállate que no me voy a ir! Pero no podía hacer nada.
Y cuando de veras creía que no aguantaría mas, de pronto, su reflejo se detuvo.
Pudo ver, entonces, como en la superficie del río un pececito-plata (de ojos como burbuja) nadaba incesante describiendo pequeños círculos siempre alrededor de sus ojos, sobre su reflejo.
Y después advirtió que el agua del río se volvía intensamente azul.
Todo esto antes de que el río le salpicara el rostro, rompiendo ese mágico instante donde todo se había quedado detenido, y haciendo que su reflejo en la superficie del río…
| …de | |||||
| sa | |||||
| pa | |||||
| re | |||||
| cie | |||||
| ra |
Mientras todo eso contaban, Cuco y la Lula de Agua no paraban de reír y de hacer muecas. Daban la impresión, a Lula eso le pareció, de estar bromeando. Lula lo intento con tres hongos, pero después de superar esa increíble dificultad de pensar en la cosa mas linda de este mundo, no pudo, y deveras lo intento, poner la mente en blanco. Las risas de Cuco eran un obstáculo insuperable. Y por mas que la Lula de Agua le explico un sencillo truco para ‘pintar de blanco’ lo que en su cabeza había, todo fue inútil, nada pasaba después de comer los hongos. Entonces se aburrieron de todo el asunto y…
| Ninguno se dio cuenta de que algo, alguien, los estaba observando. | Lula le hacia gestos al polvillo que salía del hongo. Eso hacia reír a Cuco. |
Una señora apareció. Cuco y la Lula de Agua corrieron aterrados. Corre Lula, dijeron. Pero Lula no se lo esperaba, no reaccionó a tiempo. Trataron de ayudarla, lo intentaron, pero ella, en su loca carrera, tropezó. Ya casi estaban en el río donde los tres se habían conocido. Aunque Lula no comprendía por que tenían que correr, por que estaban tan asustados. La señora era muy bonita, parecía un hada de los cuentos que Mama le solía contar. No parecía mala.
Ahora Lula estaba frente a la señora.
De alguna manera había corrido atrás de ellos. Aunque no parecía agitada. Suavemente, como si a un bebe le estuviera hablando, a un recién nacido, dijo:
Cálmate pequeña criatura escapada, cálmate y dime, ¿quienes eran ese par de chiquillos que corrieron como si a un horrible demonio hubieran visto?
Y mientras la señora hablaba Lula podía mirarse reflejada en sus brillantes y enormes ojos.
| Junto a ella, en el reflejo, había un río. Y en el río, la Lula de Agua y Cuco se cansaban de gritar su nombre. Lula sabia que el río en los ojos de la señora era el río que a sus espaldas corría y sabia que Cuco y la Lula de Agua de verdad atrás de ella estaban gritando sin cesar preparados a huir si la señora intentaba seguirlos. Reflejos. Tenían que salvarla. Y si acaso los gritos llegaban a despertarla -ayudándola a darse cuenta de que estaba frente a una horrible bruja de dientes carcomidos con un disfraz de doncella buscando almas para su guaje embrujado- entonces a gritos -no podían hacer mas- iban a intentarlo. | Te quieren salvar, le dijo la Lula reflejada en los ojos de la bruja. Pero no era una bruja. Cuco y la Lula de Agua se habían equivocado. Aunque la señora los asustara engañando con perseguirlos. Los había asustado y ahora habían desaparecido, seguro en esos momentos ya estaban demasiado lejos, allá donde el bosque comenzaba, donde el río nacía, seguro, eran unos cobardes. Ondino y espíritu del aire. Silfo y espíritu del agua. Eran unos cobardes. Te quieren salvar, dijo la Lula reflejada. Y Lula entonces se pregunto, un poco inquieta: pero, ¿de que me quieren salvar ese par de insensatos? Además… |
| ¡Basta | ||||
| ya | ||||
| de | ||||
| reflejos | ||||
| parlantes! |
Esa voz. No puede ser mala, pensó Lula, deslumbrada por la belleza de la señora. Es un hada, un espíritu del bosque, viene a conocerme porque los hongos si funcionaron y esta señora es la cosa mas linda de este mundo, ahora me llevara entre sus brazos y murmurara en mis oídos una palabra sagrada.
Eran Cuco y… y… no se quienes era, contesto, por fin, Lula, sin poder casi hablar, boquiabierta, ocupada su cabeza en mil ideas todas disparatadas.
¿Y tu quién eres?
| Reflejos | ||
| Reflejos | ||
| Reflejos |
| ¿Qué?, pensó Lula. Todo el proceso mental en que se ocupaba de pronto se detuvo ante esa pregunta inofensiva ¡No sabe quien soy! Inmediatamente llego a su cabeza esa vieja historia que ella nunca quiso creer, una vez, hace ya mucho tiempo, alguien, un viajero desconocido, llego a su casa a pedir descanso. Mientras algo comía, antes de que todos se fueran a dormir, contó de cómo las hadas, en ciertos días (nefastos) del año, recorren las campiñas montadas en pequeños gusanos de luz y aprovechan el descuido de las gentes para robar a las criaturas casi recién nacidas que por aquí y por allá encuentran tras una ventana abierta, una pequeña luz escapando hacia el exterior. Su travesura, eso es lo que hacen, recuerda que el viajero precisaba: travesuras; su travesura queda completada cuando en el lugar de la pequeña criatura las hadas ponen silfos ¡Era una hada traviesa! ¡Y ocurría precisamente en el solsticio de estío! Ahora la raptarían. Esa señora le quitaría su alma y la metería en su guaje mágico ¡Estaba perdida! | En el río, mientras estos dos mágicos personajes frente a frente estaban, la Lula de Agua, ahora una simple corriente azul, junto con Cuco, el pececito, nadaba dando vueltas en el reflejo de Lula. Era mediodía todavía y el reflejo era aun mas real que la Lula de carne y hueso inmóvil frente a la bruja. Pero allí, en el río, la bruja no tenia reflejo, y la Lula reflejada era ahora una inmóvil figura paralizada frente a Nada. La Corriente Azul y Cuco el pececito sabían que ese demonio, allá afuera, frente a Lula, iba a raptarle si ellos no hacían algo para impedirlo. Pero ambos tenían miedo. Creían que nadando -los gritos para nada servían- en el reflejo de Lula podían acaso tocarla -de alguna manera, de cualquier manera, le había dicho la Corriente Azul a Cuco- para ayudarle a superar esa nefasta estupefacción que su fin, irremediablemente, iba a provocar. |
Lula se echo para atrás. Hubiera corrido pero tenia un pie lastimado. No podía dejar de ver los ojos de la señora. Era posible que ésta, hada o demonio, se le echara encima impidiéndole escapar. Sus grandes ojos, cálidos y espectaculares, además de esa luz intensísima que no le soltaba ni para respirar (Lula se ahogaba, es verdad), tenían esa peculiar imagen de otra Lula que gritaba: ¡te quieren salvar estúpida!, al mismo tiempo que le urgía: ¡corre Lula corre!, ¡echa a correr desesperadamente!, ¡corre!
Entonces Cuco salto fuera del río. El agua salpico a Lula y a la bruja. Fue cuestión de que Cuco saliera del río para que la bruja se le echara encima con una violencia inesperada. Y a punto de arrancarle la cabeza, la bruja, demasiado tarde, se dio cuenta de su error: ya la Corriente Azul arrastraba a Lula hacia el río donde, en medio del chapoteo, Cuco también había saltado.
No era seguro una bruja, pensaba Lula, no sabia como podía asegurar eso, pero sabia de cierto que no era una bruja. Tal vez era un espíritu del bosque, un espíritu árbol, o tal vez una de esas mágicas criaturas: silfo, salamandra, gnomo u ondina. Algo tenia que ser.
Y ese Cuco, no era tampoco, realmente, un pececito. En ese río su Papa pescaba diario. Y todos los peces que de allí salían, ella y su familia se los comían. Y nunca llevo su Papa a la casa a un chiquillo como Cuco para cocinarlo en el fogón. Cuco era, seguro, una ondina. Seguro, si, seguro.
Un ondino en todo caso.
Cuando Cuco apareció, cargaba un montón de hongos, un montón de higos, y también muchas nueces. Para comer los hongos encendieron una pequeña fogata. Asados estaban deliciosos. Las nueces Cuco dijo que las robo a las brujas. Según el, las brujas las entierran la víspera del solsticio de estío -apenas la noche anterior- y luego las comen en el festival del fuego que hacia la medianoche del día siguiente celebran con bailes y cantos.
Tal vez si Lula fuera un poco mas inquisitiva no hubiera tomado tan tranquila lo que hasta ese momento le estaba pasando explicándose el asunto con brujas y espíritus como si en un cuento de hadas estuviera atrapada. Se hubiera preguntado, de ser un poco mas curiosa, como era que su reflejo andaba allí, haciendo otras cosas que ella no hacia, como era que un chiquillo casi desnudo saliera del río así tan fácil al llamado de la Lula de Agua como si de algo común se tratara.
De cualquier manera, Lula estaba pensando en aclarar todo eso.
Sin embargo, en el fondo, había seguido a la Lula de Agua y a Cuco de una manera tan dócil y tan inmediata que parecía como si ellos fueran sus amigos de siempre y todos de acuerdo, después de divertirse, cansados de chapotear un rato en el río, se dispusieran a comer algo bajo la sombra de un árbol mientras platicaban como viejos amigos.

A esta niña, llamada Lula, le gustaba pasar el mediodía cerca del río. A esa hora había mucha luz. Mas luz que en otros momentos del día. Y le gustaba mirarse en las orillas del río donde, en algunas partes, el agua límpida que bajaba de las montañas, atravesando el bosque, formaba tranquilos remansos. Ella prefería el mediodía porque con toda esa luz, en todo alrededor, el espejo del río era diáfano y veraz y decía todo y no mentiras y nada mas; de manera que a veces (en realidad frecuentemente) se quedaba impávida, allí sentada, solo mirando su reflejo en el agua.

Así pues, resulta que en una ocasión Lula conversaba totalmente transportada frente a su imagen en el río. Era un día esplendoroso como todos los días en esas colinas lo eran y pronto sucedió lo que Lula nunca hubiera esperado. Mientras Lula hablaba, de pronto, la imagen del río, ella misma, la interrumpió, al parecer harta de tanta palabrería y le dijo: sácame de aquí, ¡sácame!, ya estoy cansada de mirar tu rostro contra el cielo, ni que fueras nube, sol o estrella, sácame de aquí y déjate de tantas barbaridades. Lula se quedo pasmada. Y así se hubiera quedado tres mil años si la Lula del río no le alcanza con sus dedos de agua el dorso de las manos y le dice: ¡sácame! ¡sácame!, desesperada.
Entonces Lula hundió las manos en el río tratando de alcanzar las de la Lula reflejada. Y la Lula gritando ¡sácame! ¡sácame!, que parecía a punto de desaparecer a causa del chapoteo producido en aquel remanso del río, saltó violentamente fuera de su prisión de agua. Escurriendo agotada, la miraba a los ojos sin poder hablar, completamente exhausta. Lula estaba fascinada, no se podía mover, le pasaba como en uno de esos sueños o mitad sueños donde te encuentras inmóvil y rígido como una tabla, no te puedes mover, no te puedes despertar, pero tampoco puedes cambiar nada ni hacer algo para salir de todo eso.
Por fin, la Lula de Agua dijo: auch, ya me estaba ahogando. Y luego siguió allí escurriendo y reponiéndose del tremendo esfuerzo que había hecho.
Cuando se recuperó, comenzó a hablar impidiendo que Lula, nuestra Lula, dijera nada. Primero reclamo a Lula por haberse tardado tanto en ayudarla a salir, y luego dijo estar aburrida de tantas insensateces, así dijo ella, que Lula platicaba con su reflejo en el río -que sorpréndete Lula, no se trataba de un simple reflejo. No. Y si por fin pudo salir, fue porque hasta ese día (tan espléndido y salvajemente perfecto; eso, definitivamente, influyo con mucho) Lula había dicho demasiados sinsentidos y ya no podía soportar más, así que se decidió a salir para no seguir escuchándola y para darle una lección.
Cuando esto hubo dicho Lula se asusto, ¿que me vas a hacer?, interrumpió. Y la Lula de Agua, antes de darle un fuerte empujón, murmuro: a ver que sientes…
Lula cayo al río.
Primero se aterrorizo. Pero después de sacudirse en el agua, se dio cuenta de que ésta apenas le llegaba a las rodillas. Estaba en el remanso de donde la Lula de Agua había escapado.
Quiso salir pero la Lula de Agua se lo impidió diciendo: no, si todavía ni siquiera empiezo, ahora tu me vas a escuchar.
Como es seguro no lo sabes, la Lula de Agua dijo, yo te lo voy a explicar. Esta mañana amaneció el día mas largo de todo el ciclo solar. Así entonces, hoy temprano primero fui rocío, luego flor, mas tarde revente en un hongo; paso una mariposa y sobre ella eche a volar, al llegar al río pensé que era una buena idea dejarse ir con la corriente así que hundí la cabeza en el agua, llena de mil juguetonas ondinas; encontré un pececito-plata de ojos como burbuja y después de ver quien decía el hechizo mas arrebujado me dejo montarle encima para dar un paseo, veníamos río abajo planeando ser grillos hoy por la noche para cantarle a las estrellas y estar a tono con las fiestas estivales del bosque cuando te descubrimos hablando, no, cuando descubrimos a tu reflejo, desesperado, tratando de arrebatarte la palabra de la boca, aburridísimo con todas esas cosas tan rotundas que estabas diciendo, de manera que pensamos que si no le ayudábamos pronto te iba a coger del cabello para jalarte y ahogarte junto a el en el fondo del río. Así que mientras Cuco, el pececito sobre el que venia, comenzó a nadar lentamente en los ojos de tu reflejo para calmarlo, yo le convencí para salir del río y dejar las cosas en claro. Para impedir que siguieras hablando sin parar y para que nos dejaras a nosotros decir algo.

Lula recordó todo lo que en su casa se escuchaba alrededor del bosque. Nunca imagino que le alcanzara alguna vez una situación como las que había escuchado. Mas aun, creía que solo eran cuentos de hadas, fantásticas historias de viajeros y nada más.
Solo que tengo hambre, siguió la Lula de Agua, ayudándola a salir, ya me canse de pasear, además, dice tu reflejo que vayamos a otro lado, ¿quieres comer algo?, que se aburre mirándote únicamente, que quiere ver otras cosas, espera…
Mientras Lula se sacudía el agua pensando: con este calor me voy a secar rápido, la Lula de Agua se volvió hacia el río y comenzó a gritar: ¡ya salte Cuco, ya sabe que estas ahí!
Estaba llamando al pececito-plata.
Un estremecimiento helado recorrió el cuerpo de Lula. En medio de aquel estridente desfile de extrañas y fantásticas cosas pensó que un pescadito diminuto, chorreando agua y parándose sobre su colita, saldría fuera del río ¡Que salgas Cuco! Pero entonces comenzó en el río un tremendo chapoteo que le salpico todo y que no le dejo ver como aparecía aquel chiquillo, totalmente empapado y saltando inquieto como esos ¿pececitos fuera del agua?
Este es Cuco, dijo la Lula de Agua.
