Nux fulguris

Los Origenes de la Generación Beat

Lo que voy a decir será, necesariamente, acerca de mi mismo. Siempre me salgo de mi mismo.

Aquella tonta fotografía que me tomaron y apareció en la portada de En el camino, fue de cuando yo había bajado de vivir, completamente solo, durante dos meses en una altísima montaña. Y por supuesto que yo estaba acostumbrado a peinarme, sobre todo porque tenia que pedir aventones en la carretera, y porque me gusta que las chavas me miren y piensen que soy un hombre y no una bestia salvaje. Mi amigo Gregory Corso se abrió su camiseta y saco una cadena con un crucifijo de plata y me dijo: “Ponte esto; úsalo por fuera de tu camisa, ¡y no te peines!” Así pase unos días vagando por San Francisco, acompañado por Gregory Corso y otros amigos como el; en fiestas, salas de arte, cualquier lado, sesiones de jazz, cantinas, lecturas de poesía, templos; caminando y hablando de la poesía en las calles (y en algún lado una extraña pandilla de pistoleros enloqueció y dijo: “Que derecho tiene el de usar ese crucifijo?” Y mi pandilla de músicos y poetas les dijeron que se calmaran).

Al tercer día la revista Mademoiselle quiso publicar fotos de todos nosotros; asi que pose con mi cabello salvaje y el crucifijo. Con Gregory Corso, Allen Ginsberg y Philip Whalen. La única publicación que no borró el crucifijo de mi pecho (sobre aquella camisa de manta sin mangas) fue The New York Times; por consiguiente The New York Times es tan beat como yo, y me da gusto tenerlo como amigo. Lo digo con sinceridad, Dios bendiga a The New York Times por no haber borrado el crucifijo sobre mi camisa, como si fuera algo desagradable. Y en los hechos ¿quién es el verdadero beat? Si tomamos la palabra beat como “noqueado”, los que borraron el crucifijo son unos noqueados, pero no The New York Times ni yo, ni mi amigo el poeta Gregory Corso. A mí no me avergüenza usar el crucifijo de mi Dios. Soy un beat porque creo en la Beatitud, y en que Dios amó tanto al mundo que le entregó a su único hijo. Estoy seguro de que ningún sacerdote me condenará al usar un crucifijo por fuera de mi camisa, en cualquier parte, sin importar el lugar donde yo esté; ni porque me tomen fotos en la revista Mademoiselle. Son otros los que no creen en Dios. Son esos aguzados sábelotodos marxistas y freudianos ¿Por qué no regresan dentro de un millón de años, angelitos, y me vuelven a hablar de todo el asunto?

Hace poco Ben Hech me pregunto en la TV: “¿Por qué tienes miedo de hablar enloquecidamente? ¿Qué cosas están mal en este país? ¿De qué tienen miedo los demás?” ¿Me estaba interrogando a mi? Lo que el quería es que hablara enloquecido “en contra” de la gente, el ha escarnecido a Dulles, Eisenhower, al Papa, y a gente como esa, con Drew Pearson; los pone “en contra” del mundo del modo que a el le gusta, esa es su idea de libertad (lo que el llama libertad). Quién sabe, Dios Mio, pero el Universo no es un vasto mar de compasión, no es la genuina miel bendita, bajo este espectáculo farandulero de personalidad y crueldad. Quién sabe si no se trata de la soledumbre de la unicidad de la esencia de todo, la soledumbre de la presente unicidad de lo innato en la esencia nonata del todo, nada de la verdadera y pura infinitud, ese gran potencial hueco que puede darle brillo a cualquier cosa que quiera desde su pertrecho, esa beatitud flamígera, ¡El Mattivajrakaruna Diamante Compasivo Trascendental! Yo quiero hablar por las cosas. Hablo por el crucifijo; por la Estrella de Israel, por el hombre mas sublime que haya existido quien fue un alemán (Bach). Hablo por el dulce Mahoma; por el Buda, por Lao Tsé y Chuang Chou. Hablo por D.T. Suzuki… ¿por qué voy a atacar lo que amo en la vida? Esto es beat ¿Amas a tu vida?; ámala en este momento. Cuando te llegue el aliviane ya no estarás en una simple casa de cristal , sino que tu carne será de cristal.

Aquella foto mía, salvaje y fogosa, en la portada de En el camino, donde me veo tan beat, se remonta a antes de 1948 cuando John Clellon Holmes (autor de Go (Andar) y The Horn (La trompeta) y yo nos sentamos a platicar sobre el significado de la generación perdida (que nos antecedía) y del consecuente existencialismo. Recuerdo que le dije: “¿Sabes?, la nuestra es una generación beat (golpeada)”. Holmes brincó y dijo “¡Eso es! ¡Cierto!” Creo que los asuntos de esta generación se remontan a 1880, cuando mi abuelo Jean-Baptist Keroauc acostumbraba a salir al porsche de la casa durante las grandes tormentas y, moviendo su lámpara de kerosene ante los relámpagos, gritaba: “¡Avanza, ándale si eres más poderoso que yo golpéame y apaga esta luz!”; mientras su esposa y sus hijos se acurrucaban en la cocina. Y aquella luz nunca se le apagó.

Desde que se supone que soy el portavoz de la generación beat (desde que se me ocurrió que usaramos ese nombre, este y mi generación han cobrado brillo) se debería de haber hecho notar que todo el destripadero “beat” se remonta a mis antepasados bretones, quienes formaron un grupo de nobles de los mas independentistas de la vieja Europa, y que lucharon contra el poder centralista de Francia hasta el ultimo momento (en un barco mercante me encontré a un rubio grandulón a quien le conté que mis antepasados eran bretones de Cornwall, Bretaña, este hombre roncó: “¡Y por qué nosotros los vikingos, teníamos la costumbre de invadirlos para robarles sus nidos!”) No hay ninguna diferencia entre un niño loco, un bretón, un vikingo, un indio ni un irlandés. No debe haber ninguna desconfianza sobre los miembros de la generación beat porque, al menos en sus corazones, forman un grupo nuevo de estadounidenses que buscan el gozo… ¿Hacer esto es irresponsable? ¿Quién no ayudaría a un moribundo en la carretera? La generación beat ha vuelto a organizar las fiestas salvajes que mi padre acostumbraba entre 1920 y 1930, en Nueva Inglaterra, ese tipo de fiestas que eran fantásticamente ruidosas y que no dejaban dormir a la gente en muchas cuadras a la redonda, y si llegaban los policías siempre les brindaban un trago. Es un regreso a la infancia, salvaje y frenética, de los juegos con las sombras bajo los árboles golpeados por el viento del otoño jubiloso en Nueva Inglaterra; al descubrimiento del Hombre Luna por su aullido que retumbaba sobre el montón de arena, hasta que lo veíamos sobre un árbol (él siempre era mayor que nosotros, como de quince años); al grito maniático de ciertos niños locos del vecindario; al humor furioso de todas las pandillas que jugaban basquetbol hasta que oscurecía en el parque. Es un regreso también a los días locos de antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando los adolescentes tomaban cerveza los viernes por la noche en los tugurios de Lake  y dejaban atrás las crudas jugando béisbol el sábado, y luego se zambullían en el arroyo –y nuestros padres usaban sombreros de paja al estilo W.C. Fields. Es un regreso a la insensibilidad balbuceante de los Tres Chiflados, los delirios de los hermanos Marx (y a la ternura del ángel Harpo con su harpa).

Todo esto nos regresa a los dibujos manchados de las viejas caricaturas con canciones (el Gato Loco con su buen aspecto de irracional) –a Laurel y Hardy en la Legión Extranjera – “a la sonrisa” del Conde Drácula con su tembladera y su seseo al recular frente a la cruz – al Golem que horrorizaba a los habitantes del ghetto – al silencio sabio, que no tenia nada que ver con la trama, en una película sobre la India – al viejo chino Tao, que reía sin motivo, caminando por la banqueta del antiguo Shanghai de Clark Gable – al anciano árabe santo que prevenía a los sanguinarios sobre que Ramadan estaba cerca. Al Hombre Lobo de Londres, un medico distinguido vestido con frac, echando el humo de su pipa sobre un libro de botánica alumbrado con una vela, y que de pronto le crece el pelo en las manos; su gato maúlla, y él se desliza por la noche con su capa puesta mientras un policía le acecha (al igual que ahora acechan a la gente) – a Lamont Cranston tan calmado y seguro que de pronto se convierte en una sombra que va búuuu, jé, jé, já, ja por  callejones imaginados en Nueva York. A Popeye el marino y el Mar Tormentoso y las bordas carnosas de su barco. Al capitán Easy y Wash Tubbs que gritaban con éxtasis sobre unas latas con duraznos en una isla de caníbales. A Wimpy que miraba con rayos-X una jugosa hamburguesa cuando ya no iban a preparar ninguna más. A Jiggs dándose chapuzones entre los muchachos en la cantina, la carne guisada con repollo vista en un marco de madera al mediodía. A los ojos de King Kong, por la ventana del hotel, que con inmensa ternura de amor miraban a Fay Wray – Incluso a Bruce Cabot como amigo del capitán, acostado sobre un vagón de ferrocarril diciendo “Es tiempo de abordar”. Esto nos regresa a cuando les tiraban uvas a los cantantes y a los pizcadores en las cantinas cercanas a la estación de ferrocarril, donde estaban las reinas nalgueadas del burlesque. A cuando los papás llevaban a sus hijos a los encuentros deportivos de la Liga Infantil. A los tiempos de Babe Callahan en el cuarto de baño, de Dick Barthelmess acampando bajo un farol de Londres. Al viejo y querido Basil Rathbone buscando al sabueso de Baskersville (un perro tan grande como un lobo gris, que destruiría al mismo Odin) – al doctor Watson, querido viejo lagañoso, con un brandy en su mano. A Joan Crawford con su frialdad zancando la neblina, con su blusa escotada y un cigarrillo entre los labios, metida en la bañera. Al pitido del tren de vapor sobre los pinos lunáticos. A Maw y Paw en su carro Modelo A rechinando por California en busca de trabajo para vender autos usados y juntar mucho dinero. Al júbilo de los Estados Unidos, a la honestidad de los Estados Unidos, honestidad de los viejos tiempos que se quedó tejida en los sombreros de paja, igual a la honestidad que hacia largas colas de espera a lo largo del Puente Brooklyn en pleno invierno. Al gracioso despecho de los Estados Unidos recibiendo puñetazos como el muchachote Williams que dice: “¿Qué? ¿Co..? ¿Cu..?” A Clark Gable con su sonrisa de seguridad y su confidente mirada de lascivia. Esos Estados Unidos de los que hablo, como el país de mi abuelo, están investidos de una creencia salvaje en la individualidad, lo cual comenzó a desaparecer al final de la Segunda Guerra Mundial con la muerte de tantos tipos grandiosos (puedo contar como media docena entre los que conocí en mi infancia) aunque, de pronto, han desaparecido los hipsters escurriéndose por todos lados y diciendo: “¡Algo loco, hombre!”.

Cuando vi por primera vez a los hipsters arrastrándose por Times Square en 1944, a mí tampoco me caían bien. Uno de ellos, Huncke, que venía de Chicago, se me acercó y me dijo: “Hombre, yo soy un beat (golpeado)”. De inmediato supe lo que él quiso decir. En ese entonces tampoco me gustaba el bop, que ya estaban dando a conocer Pájaro Parker, Dizzy Gillespie y Bags Jackson. El último de los grandes músicos de swing fue Don Byas quien se fue a España, pero pronto empecé… pronto “escarbé” (busqué, experimenté, agarré) todo mi jazz en el viejo Minton Playhouse (Lester Young, Ben Webster, Joey Guy, Charlie Chistian, y otros). Cuando oí por primera vez a Parker y Dizzy en Three Douces supe que eran músicos muy serios que tocaban un sonido nuevo buenísimo, y no les importaba lo que pensáramos yo o mi amigo Seymour. Yo estaba completamente tumbado sobre la barra de la cantina, con una cerveza a mi lado, cuando Dizzy Gillispie llegó a pedirle al cantinero un vaso de agua; se puso casi encima de mí y extendió sus dos brazos a los lados de mi cabeza para agarrar el vaso; luego se fue bailando como si supiera que algún día yo le compondría una canción, o de que en circunstancias sumamente curiosas yo le pondría título a uno de sus arreglos. De Charlie Parker se hablaba mucho en Harlem como el nuevo gran músico después de Chu Berry y Louis Armstrong.

Los hispters que tenían al bop como su música, parecían criminales pero hablaban de las cosas que a mí me gustaban: grandes bosquejos de experiencias personales y de visiones, largas noches de confesiones llenas de la esperanza que la guerra reprime y condena, agitaciones, rugidos de un alma nueva (la misma y antigua alma humana). Y así apareció Huncke ante nosotros diciendo “Soy un beat” con una luz radiante que destellaba por sus ojos desesperados… una palabra tal vez traída de un carnaval del medio Oeste o de una cafetería  barata. Era un lenguaje nuevo, una jerga “paleteada” (de los negros) pero pronto se aprendía como el “estar colgado”, no podía haber una frase más corta para significar tantas cosas. Algunos de esos hipsters andaban delirando en la locura y hablando continuamente. Esto era jazzístico. La sinfonía de Sid de toda la noche, jazz moderno y bop el espectáculo que siempre estaba presente. Por 1948 esto comenzó a tener forma. Fue un año salvaje y vibrante en el que un grupo de nosotros caminaría por las calles para saludar con alaridos, y hasta nos parábamos  a platicar con cualquiera que se mostrara amistoso. Los hipsters tenían ojos. Fue el año en que vi a Montgomery Clift, sin afeitarse, vestido con una chamarra corriente, caminando con alguien más por la Avenida Madison. Fue el año en que vi a Charlie Pájaro Parker vagando por la Avenida Octava, con un suéter negro con cuello de tortuga, acompañado de Babs González y de una bella muchacha.

En 1948 los hipsters, o beatsters, se dividieron en dos tendencias: cool (fría, calmada) y hot (caliente, acelerada). Muchos de los malos entendidos sobre los hipsters y la generación beat, ahora, tiene sus orígenes en que hay dos estilos distintos del hipsterismo. El cool es un filósofo barbado y lacónico ante una cerveza, en un lugar beatnik; habla en voz baja y es de pocos amigos, a su lado anda una muchacha callada vestida de negro. El hot es un loco parlante con ojos brillosos (de constante inocencia y corazón abierto), un tonto que corre de cantina en cantina, un tarugo que busca a cualquiera; gritón, revoltoso, borrachín, tratando de “hacerla” con los beatniks subterráneos que lo ignoran. La mayoría de los artistas de la generación beat pertenecen a la tendencia hot, sobre todo desde que esa intensa flama como gema necesita un poco más de fuego. En muchos casos hay beatniks mitad hot y mitad cool. Hubo incluso un hot hipster, que fui yo, que al final se volvió cool con la meditación budista; pero al ir a escuchar jazz todavía me siento como cuando le gritaba a los músicos: “¡Sopla, loco, sopla!” aunque ahora me sienta como de 86 años. En 1948 los hot hipsters andaban jugando carreras en sus autos como En el camino, buscando a algún jazzista gritón y salvaje como Willis Jackson o Lucy Thompson (de la primera época) o la gran banda de Chubby Jackson; mientras que los cool hipsters se enfriaban con un silencio de muerte frente a grupos de excelentes y solemnes músicos como Lennie Tristano o Miles Davis. Ahora la cosa sigue igual, con la única diferencia de que todo esto ha empezado a crecer hasta formar una generación nacional, y la palabra beat ha quedado clavada (aun cuando todos los hipsters odian esa palabra).

El término “beat” originalmente significaba estar pobre, tumbado y a la intemperie, muerto, en la vagancia, triste; y dormir en las estaciones del metro subterráneo. Ahora que el mundo está oficializando el término, se ha reducido y no incluye a los que se duermen en las estaciones del metro sino a quienes tienen ciertos gestos o actitudes (que yo calificaría de “algo” nuevo). “Generación beat” se ha convertido en un sencillo slogan o membrete para hablar de una revolución de las costumbres en los Estados Unidos. Marlon brando no fue el primero en representar esto en la pantalla; le antecedieron Dane Clark (con su contrario rostro dostoyevskiano y su acento de Brooklyn) y Garfield.

Escribí En el camino en el término de tres semanas durante el hermoso mes de mayo de 1951, cuando vivía en el distrito Chelsea, en el bajo Oeste de Manhattan. Utilicé un rollo de 35 metros de papel para escribir ahí sobre la generación beat, y hablé de una especie de fiesta salvaje, colegiada, con un montón de muchachos abandonados en el túnel de una mina. “Estos muchachos son excelentes, ¿pero dónde están Dean y Carlos Marx? Bueno, creo que ellos no pertenecen a esta pandilla; son demasiado oscuros, demasiado extraños, demasiado subterráneos. Y yo estoy empezando a encontrar una nueva clase de generación beat”. El manuscrito de En el camino fue considerado de poca valía y hasta le desagradó al gerente de ventas de la editorial con la que traté; aunque el editor, una persona muy inteligente, me dijo: “Jack, esto se parece a Dostoyevsky, ¿pero qué puedo hacer?”. Era demasiado temprano. Así fue que durante los siguientes años me convertí en vagabundo, guardafrenos, marinero, hazlo-de-todo, pseudoindio en México, cualquier cosa en cualquier lado; y viajé escribiendo porque mi héroe era Goethe y creía en el arte, hasta pensé que algún día escribiría la tercera parte del Fausto, lo cual me propuse al escribir El doctor Sax. En 1952 se publicó un artículo en el suplemento dominical de The New York Times que se tituló “Esta es la generación beat” (entre comillas); y ahí se decía que yo fui el primero en emplear el término “cuando aún era difícil distinguir el rostro de los beats”, el rostro de la generación. Después de esto se comenzó a hablar de la generación beat; aunque en 1955 yo ya había publicado un fragmento de En el camino (mezclado con partes de Visiones de Neal) bajo el pseudónimo de “Jean-Louis”, y que titulé “El jazz de la generación beat”, lo cual se anunció como el fragmento de una novela inconclusa que se titularía Generación beat (título que más tarde cambié por En el camino, a insistencia de mi editor) fue así que el término se movió un poco mas rápido (el término y todo el caló). Por todos lados comenzó a aparecer la jerga, y hasta los muchachos de la escuela preparatoria empezaron a sentirse cool y hipsters usando el lenguaje que yo había oído en Times Square durante los primeros años de 1940, esto estaba creciendo de un modo inusitado. Pero cuando por fin los editores se animaron a publicar En el camino, en 1957, el asunto estalló y creció como los hongos después de la lluvia, todo el mundo empezó a dar gritos sobre la generación beat. En cualquier lado me querían entrevistar y me pedían que explicara “lo que realmente” había querido decir. La gente se comenzó a llamar beatniks, beat, jazznik, bopnik, insectonik; y por ultimo me consideraron el “avatar” de todo eso.

Yo era un católico, y no fue por ninguno de esos “niks” que asistí una tarde, siendo niño, a la iglesia de Santa Juana de Arco en Lowell, Massachusetts; donde de súbito, con lagrimas en mis ojos, tuve una visión sobre el verdadero significado que le iba a dar al termino “beat” (eran como las 5 de la tarde y yo estaba solo ahí; afuera se oían los ladridos de los perros y los gritos de los niños, las hojas de los árboles caían y en el templo las velas llameaban tan sólo para mí), la visión me indicó que “beat” significaba beatífico… Vi al sacerdote dictando el sermón del domingo cuando, de improviso, por una puerta lateral entraron unos jóvenes de la generación beat, vestidos con impermeables entallados como los que usan los miembros del Ejército Republicano irlandés; llegaron silenciosamente para “escarbar” la religión… lo supe desde entonces.

Creo que hasta 1954 las cosas iban bien, pero entre 1957 y 1958 me invadió el horror al ver que la palabra “beat” estaba en la boca de cualquiera: en la prensa, en la TV, y en Hollywood hasta la usaron para calificar las matanzas de un grupo de “jóvenes delincuentes” y los espantos de un padrote loco y robusto de Nueva York y Los Ángeles; esto es lo que dieron en llamar beats, es decir beatífico… Calificaron de beats a un montón de tontos que marcharon en protesta contra el equipo de béisbol de los Gigantes de San Francisco, como si no supieran que de niño yo quise ser jugador de las Grandes Ligas para pegarle a la pelota como Ted Williams, y que cuando Bobby Thompson se voló la barda en 1951 yo temblé de gozo y no pude olvidarlo por días, ¡hasta escribí poemas sobre el triunfo del espíritu humano! Cuando se desató una ola de asesinatos por North Beach dijeron que los culpables eran de la generación beat y rastrearon mi vida hasta mi infancia; dijeron que yo tenía fama de ser excéntrico del barrio porque impedía que los otros niños apedrearan a las ardillas, y que igual me molestaba con los otros que freían serpientes en latas de conserva o con los que trataban de inflar sapos soplándoles con popotes. Yo me molestaba con esas cosas porque mi hermano Gerard, que murió a los nueve años de edad, me dijo un día: “Oye, Jack, nunca hieras a ningún ser vivo, cualquiera que sea: gato, ardilla, todos se van al Cielo y terminan en los brazos nevados de Dios, por esto es que no debes herirlos. Si ves que alguien lastima a algún animalito trata de impedirlo”. Cuando Gerard murió, unas monjas melancólicas vestidas de luto hicieron una larga fila (en 1926) desde el templo de San Luis hasta su lecho de muerte, porque querían escuchar las últimas palabras de Gerard sobre el Cielo. Mi padre Leo nunca levantó una mano para golpearme, ni para castigar a los animalitos que había en casa, esta fue una enseñanza que yo recibí, es por esto que nunca me he inclinado por la violencia, ni por el odio ni la crueldad, por nada de todas esas horripilancias sin sentido. Dios es compasivo con toda la creación humana y sabrá perdonar en el Juicio Final… todo el millón de años en que yo estaré interrogando a los Estados Unidos. Ahora, en la TV presentan sátiras donde aparecen muchachas vestidas de negro y muchachos con pantalones de mezclilla y navajas de botón en sus manos, algunos con camisetas sin mangas y con tatuajes de swasticas en los sobacos. Eso se ha convertido en una moda respetable y linda, avalada por los modistos Brooks que ahora diseñan trajes de mezclilla y suéteres negros; con lo cual han hecho un simple cambio de moda en el vestir, o sea, la pura cáscara de la historia –como sucedió en la Edad de la Razón, del viejo Voltaire al romántico Chatterton entre la luz de la luna- de Teddy Roosevelt a Scott Fitzgerald… Así, en esas cosas no hay nada emocionante. Lo beat se da a conocer, de hecho, cuando los Estados Unidos emiten su grito de alegría y esto sólo cambiará las formas de vestir, y se llevará a desechar algunos muebles en las casas; así las cosas, pronto habrá secretarios de Estado Beats y quedarán institucionalizados los nuevos oropeles de razones para calificar lo ruin, la virtud y el perdón…

Qué desgracia que haya quienes piensan que generación beat quiere decir crimen, delincuencia, inmoralidad, amoralidad… Qué desgracia que nos ataquen en términos con los que demuestran no saber nada de historia ni de los gritos que emiten las almas… qué desgracia que muchísimos no se den cuanta de que los Estados Unidos deben cambiar, cambiarán y están cambiando en este momento, para mejorar. Qué desgracia que haya quienes creen en la bomba atómica, que creen en el odio de los padres y las madres y que niegan lo mas importante de los diez Mandamientos. Qué desgracia que no crean en la dulzura increíble del sexo amoroso. Qué lastima que existan aquellos que trafican con la muerte. Qué lastima que haya quienes creen en los conflictos, en el horror, la violencia y que con esto llenen libros, pantallas y salas. Qué desgracia que hagan películas sobre la maldad de la generación beat ¡donde señoras inocentes son violadas por beatniks! Qué lástima que existan esos que son los verdaderos funestos pecadores, a quienes incluso Dios perdonará…

Qué lastima que existan esos que escupen a la generación beat; el viento soplara en su contra y les devolverá sus propios escupitajos.

 



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