Tenia unas putas ganas locas de ver buza caperuza. Unas veces vas y vienes y sucede que en el camino te encuentras los regalos y los elogios. Te detienes a meditar un poco y comprendes que si las cosas aparecen cálidas e inofensivas es porque mas adelante, tarde o temprano, habrá chubascos y complicaciones. Decides pasar de todo y te hundes en la esencia chateando mas allá de la medianoche e intoxicándote con pastas baratas para mantenerte despierto en medio de l@s festiv@s y de l@s aparecid@s.
Una vez me comí un pájaro y descubrí que saltando veloz aprovechando el engaño del mediodía los regalos y las meriendas me pertenecían ¿De qué manera pasea la bruja altanera enseñando promesas y delirios si le miras con ojos ambiciosos? La respuesta a esa pregunta me complica mientras te arrebato la luz en los ojos.
Entonces resulta que te quieren sorprender descuidado y sin argumentos. Dime de qué modo esperas que apruebe los juicios incomprensibles y desbordados que pones injustamente, unilateralmente y delirantemente arbitrarios, en mi boca estúpida y maldiciente.
La música sigue sonando y yo sigo a tope hasta el culo de pastas y envolviendo a las ninfetas esperando pasar un vado desolado para echármeles encima y hacerlas mías y llenarlas completamente.
No me interesa.

Vamos a ver. Un día sucede que decidimos echar a caminar las calles llenas de gente. Hambrientos. Atentos. Y nos escabullimos entre los gritos festivos. Entre los niños de brazos. Entre los adornos de fiesta. Compramos regalos. Hacemos fotos. Es un podcast sin micrófonos ni música de fondo (estaba editando la conversación y eligiendo canciones luminosas) en donde no estoy más solo, en donde estamos juntos y tu me haces fotos donde levanto los brazos y me acuesto en el escenario caliente del mediodía.
Así, espontáneamente: “vamos a comprar cohetes para las fiestas” dijimos y salimos con nuestras ropas miserables para evadir a los maliciosos, esos hijos de puta que orinan en las calles y que nos echan el carro encima.
Es la vida real, el capitulo se llama: “Pronto será fin de año y tenemos que practicar mucho para nuestra fiesta de ponche caliente y luces escapizas en el jardín, tenemos cohetes y vamos a reír toda la vida”.
Así todo el tiempo.

En otro tiempo, cuando aun era joven y solía ir por la vida sin meditar las cosas importantes ni hacer caso de lo que recomendaba el buen juicio, me fui de la casa. Recuerdo que entonces tenia demasiadas energías y todo el tiempo lo pasaba en las calles comiéndome el mundo a mordidas lujuriosas. Entonces me fui.
Subí al primer autobús que pasó en aquella tarde confusa y simplemente desaparecí. No recuerdo que nadie me aconsejara ni me invitara a irme. Solo es que sucedió. Me fuí durante tres meses. Y durante todo ese tiempo el mundo se convirtió en un flujo confuso de situaciones desesperadas que exprimieron de manera apremiante mi atención al punto de que no tuve tiempo de reflexionar (en realidad nunca en mi vida había reflexionado en lo que hacia) acerca del lugar en donde me encontraba ni de los motivos que me habían llevado ahí.
Era un aquelarre.
Tenia amigos que invitaban y que luego desaparecían. Tenia sueños donde alcanzaba las nubes y donde escapaba con los regalos. Nadie me alcanzaba. Desmadraba las ilusiones. Las profecías se cumplían. Las sonrisas se obsequiaban. Sin recompensas. Sin exigencias. Sin complicaciones.
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Un día desperté y estaba de vuelta en casa. Y nadie hizo preguntas. Y el mundo continuaba girando con esa ingenua y apacible peculiaridad cotidiana que el mundo tiene desde que es mundo y que nadie le puede negar ni discutir sin correr el riesgo de acabar atado en una cama de hospital con la cara babeante, derrotada y sin esperanza alguna.