Llueve
Atravieso la calle
Miguel grita “diente!”
El agua salpica
Hace un rato se acercó Maricarmen, con una lista de personas, a preguntarme si le entraba a su intercambio de regalos. Digamos que en este fin de año ando pacifico, generoso, comprensivo, humilde, y sobre todo, respetuoso. Fua! Le dije si y me pidio una lista de tres cosas que me gustaria recibir que no pasaran de 250 pesos. Chin.
Esto fue lo que le entregué:
Puto pan de nuez, este año estuvo prolifico, digamos si no.
Decía mi prima: para qué te metes en problemas. Ten paciencia, agregaba, cuando saltaba como necio, las palabras atropelladas, los ojos desenfocados, al final del camino te esperan con garrotes llenos de clavos. Tiene razón. Para qué jactarse de inteligencia si a las primeras de cambio metes las manos al fuego. Nadie ha preparado la fiesta. Todo lo que escuchas son voces melosas en el horizonte salado caliente e hinchado.
Apuras el trago mientras asientes sabiamente.
(Por otra parte, que falso e hijodeputa es el mundo)
No se por dónde empezar. Me siento como si todo estuviera en ruinas y mi tarea inmediata fuera reconstruir la casa que me han asignado. Sacar las piedras más grandes. Cargándolas. Barrer el piso destruido. Levantar las paredes. Los cristales rotos. Una por una. Piedra por piedra. Arreglar el techo deshecho. Las habitaciones. La instalación eléctrica. Componer la pintura descarapelada. Dejar de nuevo la casa como si fuera un palacio.
Un jodido y fulgurante palacio.
El problema es que mi mente divaga con frecuencia. No se enfoca en lo importante. Parezco borracho mirando el cielo. Y los pensamientos vagan sin rumbo en mi cabeza.
La lucidez viene a mi como en sacudidas. Y tengo que aprovechar esos momentos. Aferrarme a ellos. Porque son como sueños que se me olvidan. Tablas de salvación. Me hundo en el infinito, agobiante y profundo mar de todos los días.
El fin de semana se me hizo larguísimo. Pase el sábado entero con mi mujer y su familia festejando, platicando, contando chistes y cagandonos de risa. Regalos. Abrazos. Por fin trabajé en algunas cosas importantes que tenia retrasadas desde hace meses. Dormí. La semana pasada desperté dos veces a las 4 de la mañana presa de un desconocido insomnio que me hacia vomitar al mediodía. Frio en todo momento. Era como si fuera tope alcohol. Cuando estas aun borracho y desvelado y lo único que quieres es dormir y resulta que lo único que tienes es un día entero para arreglar los asuntos cotidianos, un frio helado te acompaña en todo momento y tienes unas infinitas ganas de vomitar en los momentos menos convenientes.
Hoy que llego a la oficina siento que no me paraba aquí en semanas. Es raro. Traje una piñata de fantasma porque será día de los difuntos y si no me aferro a los detalles los días se pasaran volando y dentro de unos años estaré lamentándome cuando no tenga cabellos en la cabeza y mis dientes estén moribundos.
Hoy no estoy borracho. Mis días de fiesta han terminado, como dijo el señor que confeccionaba ficciones.
Solo estoy sorprendido porque el fin de semana se me hizo larguisimo y ni siquiera amanecí tirado en las alcantarillas cantando desesperado el muchacho aleGre o copa tras copa botella tras botella mientras el Rodrigo en La Muñeca, desolada, recoge migajas y las putas buscan alimentos en la horrible y miserable y fría y desesperada y agobiante e hijadeputa mañana de noviembre.
En cambio estoy completo y saludable y remilgoso (pero contento) rascándome la cabeza mientras el día se despabila y las nubes frías dejan paso al dios fulgurante, el gran sol, que promete bendiciones en este glorioso fin de año (¡ya empieza noviembre!) y será el día de los difuntos y tengo mi espectro-piñata y estoy contento y completo, energético y triunfador, escribiendo un post en este apacible y fulgurante blog azul.
Si tu vas y me lo preguntas yo te lo digo a pelo: me embrujaron. Me comieron la puta cabeza y la enterraron en algún lugar desolado, de esos donde cuando pasas a medianoche aparecen los demonios debajo de la tierra y te llevan consigo (en medio de gritos, de aullidos, de alaridos mientras lagrimas de sangre llenan tu rostro).
Era un planeta fuera de otro planeta dentro de otro planeta.
bellaCo el bailaRin contaba monedas cuando comenzó a llover.
Un dia jodido, pensó.
Contó hasta trescientos.
Suspiró.